Donald Trump y Fernando VII
ARTÍCULO DONALDO NEPUCENO VIII
La casa de los dos ungidos: Fernando VII y Donaldo Trumpeta, o el arte de mandar como si el mundo les debiera obediencia.
Hay genealogías que nacen en un archivo, otras en una sacristía, y algunas —las más vistosas— en un titular escrito con ínfulas de hallazgo y ganas de escándalo. La de estos dos personajes, si ha de creerse lo que susurra la rumorología de laboratorio y la prensa con hambre de incendio, no saldría tanto de la sangre como del temperamento. Porque el supuesto ADN que habría juntado a Fernando VII y Donaldo Trumpuceno no explica nada por sí solo, aunque sirve para lo que más importa en política: contar una historia que haga ruido y, de paso, ponga en fila las semejanzas que ya se veían a ojo desnudo.
No hace falta irse a los genes para advertir el aire de familia. Bastaría con mirar cómo ambos entendieron el mando: como cosa propia, como empeño personal, como un derecho que no se negocia sino que se impone. Fernando VII, rey de nombre larguísimo y conciencia breve, fue uno de esos señores que toman el reino por herencia y lo administran como si fuera despensa privada. Trump, sin corona, hizo algo parecido con la presidencia: convirtió la institución en prolongación del gesto, del capricho y de la voz alzada. Cambiaron los siglos, cambió la ropa, cambió el decorado; la querencia por el mando desnudo siguió donde estaba, tan campante.
Fernando María Francisco de Paula Domingo Vicente Ferrer Antonio José Joaquín Pascual Diego Juan Nepomuceno Genaro Francisco Javier Rafael Miguel Gabriel Calixto Cayetano Fausto Luis Ramón Gregorio Lorenzo Jerónimo de Borbón parece, por sí solo, una procesión completa. Y no es poca ironía que un hombre así, cargado de santos como quien carga reliquias, acabara apoyando su reinado en una mezcla de absolutismo, devoción pública y temor al cambio. Su figura se sostuvo en una España donde el altar y el trono se daban la mano con demasiada naturalidad, y donde el clero no era simple espectador, sino parte del armazón que legitimaba al monarca como figura providencial. La monarquía, en su caso, no era solo política: era liturgia.
A Trump le faltó el incienso, pero no la unción. En su caso, la sacralización vino por otra vía: la de los púlpitos evangélicos, los mítines que parecían avivamiento, y una base que aprendió a leer la política como guerra moral. No fue un rey por gracia divina, sino por gracia mediática; no tuvo sacerdotes de coro, pero sí predicadores, tertulianos y fieles dispuestos a ver en él un escogido útil para la batalla cultural. Su relación con los sectores evangélicos ha sido ampliamente señalada como uno de los pilares de su poder político, más por conveniencia y alineamiento ideológico que por devoción teológica en sentido estricto. En la práctica, la religión no operó como freno, sino como combustible.
Y aquí está una de las coincidencias más jugosas: ni Fernando VII ni Trump parecieron concebir el gobierno como una tarea de mediación. Ambos prefirieron el mando personalista, la obediencia sin discusión y la sospecha hacia cualquier forma de contrapoder. En Fernando VII, eso se tradujo en la restauración del absolutismo y la persecución de la disidencia política. En Trump, en una hostilidad constante hacia el periodismo crítico, las instituciones de control, la diplomacia multilateral y todo aquello que no se inclinara delante de su voluntad. El uno veía liberales; el otro, burócratas, élites o enemigos internos. La categoría cambia, el reflejo no tanto.
La comparación resulta todavía más sabrosa cuando se mira la manera en que ambos se relacionan con sus entornos. Fernando VII se rodeó de servidores que entendieron pronto cuál era la moneda de cambio: no la competencia, sino la fidelidad. Trump, por su lado, ha preferido también la corte leal antes que el consejo incómodo. La deslealtad le parece pecado mayor que la torpeza, y la crítica, una afrenta casi personal. Así se gobierna mal, pero con una tranquilidad muy de los poderosos que se creen inmunes: todo lo que contradice al jefe se interpreta como ataque al reino.
No es poca cosa que un grupo de 35 psiquiatras y psicólogos expresara en 2017 su alarma por la “grave inestabilidad emocional” de Trump y por rasgos que, a su juicio, lo hacían especialmente problemático para el cargo. La prudencia obliga a no convertir eso en diagnóstico de catecismo, pero sí permite subrayar que no faltaron voces profesionales que veían en su comportamiento impulsividad, grandilocuencia, intolerancia a la crítica y una relación difícil con el límite. Dicho en lengua llana: había maneras de verlo, y no precisamente buenas. En una crónica satírica, este dato no sirve para poner una bata clínica al personaje, sino para remarcar que su estilo político despertó alarma incluso fuera de la arena partidista.
En Fernando VII, la cuestión no fue la psiquiatría, sino la teología política. Su reinado estuvo atravesado por una fuerte dependencia de la legitimación religiosa, por el peso del clero y por una idea casi sacramental del poder. El rey no era solo el rey: era el elegido por la providencia para sostener un orden que se pretendía natural. De ahí que el absolutismo no se presentara como una opción política más, sino como la forma correcta de las cosas. El altar bendecía el trono, y el trono recompensaba al altar con privilegio e influencia. Entre ambos, la modernidad liberal era poco menos que un intruso.
Trump, con menos teología y más espectáculo, construyó un relato semejante en lo esencial: él como centro, el país como extensión de su figura, la oposición como amenaza y la fe como soporte emocional del bloque fiel. En su órbita, los evangélicos no han sido un adorno, sino un aparato de legitimación política. Muchos lo han visto como instrumento, otros como mal menor, otros como enviado providencial para frenar los avances culturales que detestan. Esa alianza explica buena parte de la resistencia que genera cualquier crítica seria a su figura: no se discute solo al político, sino al símbolo.
Si uno lo mira con ojos de escribano viejo, la cosa se entiende pronto. Fernando VII gobernaba como quien cree que la herencia le ahorra el trabajo de convencer; Trump gobierna como quien cree que el aplauso le dispensa de obedecer reglas. Uno se apoyaba en la tradición del trono y en el sermón; el otro, en el mitin, la televisión y la guerra cultural. Pero el mecanismo de fondo es parecido: convertir la lealtad en virtud suprema y la discrepancia en pecado de alta traición. En esa clase de casas, el que no es pelota, sobra.
La política exterior también da para la sátira, porque en ambos la relación con el mundo fue, cuando menos, problemática. Fernando VII perdió la mayor parte del imperio americano mientras se aferraba a un orden que ya no existía. No supo, o no quiso, leer el derrumbe de un mundo que pedía reforma, pacto o, al menos, inteligencia. Trump no perdió territorios, pero sí tensionó alianzas y reescribió el lenguaje de la hegemonía estadounidense con una lógica de presión, transacción y desprecio calculado por los socios. Su relación con la OTAN, con la Unión Europea y con China se movió entre el reproche, el negocio y la intimidación verbal. Si Fernando defendía un imperio que se deshacía, Trump practicó una política que parecía hecha para exhibir músculo aunque el suelo crujiera por debajo.
América Latina fue, para Fernando VII, el gran desgarro histórico. Para Trump, es más bien un espacio de presión, flujo migratorio, cálculo electoral y frontera simbólica. El rey absolutista contempló cómo se le escapaban los territorios de ultramar mientras su régimen reaccionaba con rigidez y ceguera. El presidente estadounidense, por su parte, suele mirar la región como un problema que se gestiona a golpe de relato: unas veces con dureza, otras con indiferencia, casi siempre con un utilitarismo que no sabe de sutilezas. En uno y otro caso, el sur aparece como periferia que se quiere controlar más que comprender.
Y luego está la fantasía posesiva, tan de uno como de otro. Fernando VII no pudo comprar continentes, pero quiso conservarlos como si el tiempo no contara. Trump, en su registro de empresario convertido en poder político, se permitió incluso el gesto extravagante de pensar Groenlandia como objeto de deseo geopolítico. La idea, que puede parecer una boutade, revela mucho: el territorio como mercancía, la soberanía como cosa negociable, el mapa como tablero de impulsos. Ahí no hay estadista; hay propietario. Y donde hay propietario, suele haber un problema serio con la idea del bien común.
El tono de esta crónica pide algo de mala leche, pero no de ingenuidad. No conviene decir que Trump “está loco” ni que Fernando VII era un simple meapilas de sacristía, porque las caricaturas dan gusto un rato y luego dejan de servir. Lo interesante está en cómo ambos fueron rodeados por aparatos de legitimación que los ensalzaron, los protegieron y, en cierto modo, los encerraron en una versión sacralizada de sí mismos. El rey por la gracia de Dios y el presidente por la gracia del pueblo elegido por Dios: dos fórmulas distintas para una misma hambre de excepción.
Bastaría decir que estos señores no siempre comían del mismo plato que los demás, pero sí hacían que otros les sirvieran la mesa. Uno y otro supieron sacar provecho de la necesidad ajena. Fernando VII se apoyó en la fidelidad de servidores, el miedo de los opositores y la bendición de los púlpitos. Trump se apoya en la polarización, la fidelidad emocional de su base y una teatralidad que convierte cada crisis en ocasión de reafirmarse. La diferencia está en el escenario; el truco, en cambio, es viejo como la condición humana: hacer pasar la voluntad propia por orden natural.
La parte más fina del asunto, sin embargo, no es la sátira, sino la advertencia. Las sociedades suelen enamorarse de líderes que les prometen sencillez, pureza y fuerza. Eso vale para los absolutismos de ayer y para los populismos de hoy. Fernando VII y Trump son útiles, en este sentido, porque muestran cómo el poder puede ser envuelto en religión, identidad y resentimiento hasta adquirir aspecto de necesidad histórica. Uno lo hizo con una monarquía sacralizada; el otro, con una república convertida en cruzada emocional. En ambos casos, la fe no funcionó solo como creencia, sino como infraestructura política.
Por eso el supuesto ADN, más que una prueba, funciona como metáfora. No importa tanto si hubo o no hubo un vínculo biológico imposible. Lo que importa es que hay un parentesco moral, estilístico y político que el lector reconoce al vuelo. Son dos formas de entender el liderazgo como encarnación del poder, no como servicio público. Dos maneras de convertir la institución en espejo del individuo. Dos hombres que, cada uno a su modo, entendieron que gobernar consiste menos en administrar que en imponer, menos en escuchar que en resistir al mundo.
La historia, claro, no se repite con calcador exacto. Pero a veces se disfraza con la misma ropa. Fernando VII lo hizo bajo corona, entre oraciones y absolutismo; Trump, bajo gorra roja, entre cámaras, evangelistas y bronca permanente. El primero se apoyó en el altar y en la obediencia; el segundo, en los púlpitos, las redes y la lealtad tribal. Y así, de tanto mirar por encima del hombro a la ley, ambos acabaron pareciéndose más de lo que sus épocas habrían querido admitir.
En resumen, si alguien pretendía encontrar una rareza genética, quizá no la necesite. Basta con observar el modo en que los dos hicieron del poder una pieza de uso personal, del disidente un enemigo y de la legitimación religiosa un andamiaje útil. Ahí está el parecido que de verdad cuenta, el que no se mide en tubos de ensayo, sino en la forma de mandar. Fernando VII y Donald Trump no son hermanos de sangre; son, si acaso, parientes de hábito. Y ya se sabe que los hábitos, cuando se les deja, gobiernan con más terquedad que la sangre.
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